Catequesis 17, 5 – Curso en Medjugorje

Recuerdo cuando le pedí a Rebeca que leyera al terminar la sesión ésta catequesis, haciéndola oración. Rogelio la acompañó con su guitarra.

Dios sabe su querer. Poco tiempo después de regresar de Medjugorje, estando en la capilla, me llamó una mujer que vivió el curso con nosotros. ¡Qué regalo me compartió!. Al escuchar las catequesis de san Juan Pablo II en Tierra de María, Jesús le confirmó desde la verdad que anuncian que el camino recorrido en su historia de conversión sería bendecido como se lo había prometido.

Esta catequesis fue muy especial para ella, quien no había reconocido su ser hija amada del Padre y sin poseerse no vivió siendo don… no sabía cómo acoger el don de su vida ni la de los demás. Le dejó a Dios tocar su vida y ella sabe que Cristo es el único capaz de hacer nuevas todas las cosas.

Hoy ella es esposa y mamá de una niña que se llama Victoria.

5. El Génesis  2, 23-25 nos permite deducir que la mujer, la cual en el misterio de la creación fue «dada» al hombre por el Creador, es «acogida», o sea, aceptada por él como don, gracias a la inocencia originaria. El texto bíblico es totalmente claro y límpido en este punto. Al mismo tiempo, la aceptación de la mujer por parte del hombre y el mismo modo de aceptarla se convierten como en una primera donación, de suerte que la mujer donándose (desde el primer momento en que en el misterio de la creación fue «dada» al hombre por parte del Creador) «se descubre» a la vez «a sí misma», gracias al hecho de que ha sido aceptada y acogida, y gracias al modo con que ha sido recibida por el hombre. Ella se encuentra, pues, a sí misma en el propio donarse («a través de un don sincero de sí», Gaudium et spes, 24), cuando es aceptada tal como la ha querido el Creador, esto es, «por sí misma», a través de su humanidad y feminidad; cuando en esta aceptación se asegura toda la dignidad del don, mediante la ofrenda de lo que ella es en toda la verdad de su humanidad y en toda la realidad de su cuerpo y de su sexo, de su feminidad, ella llega a la profundidad íntima de su persona y a la posesión plena de sí. Añadamos que este encontrarse a sí mismos en el propio don se convierte en fuente de un nuevo don de sí, que crece en virtud de la disposición interior al intercambio del don y en la medida en que encuentra una igual e incluso más profunda aceptación y acogida, como fruto de una cada vez más intensa conciencia del don mismo.

La mujer es dada al hombre por Dios Padre.

El hombre la acoge, la recibe como don – en el origen, en el principio. 

El cómo es ella aceptada, acogida, recibida por el hombre – le permite descubrirse como mujer, como don y responde donándose. 

Se posee, por tanto es capaz de darse, donarse.

La dinámica del wowwwww dar y recibir, recibir y dar.   

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *