Estirando las cuerdas

Hablemos con franqueza. Estos son tiempos duros para la Iglesia. La Esposa de Jesucristo ha quedado completamente herida y humillada en los últimos años por la mala y escandalosa conducta de varios de sus miembros. Aún así, nosotros podemos sanarla con nuestro amor, compasión y sobretodo, con nuestro celo. El cristiano de hoy necesita tener un santo sentido del celo apostólico o será ante todo un hipócrita.

¿Quién defenderá a nuestra madre la Iglesia? ¿Quién se atreverá a subir la voz en el desierto para proclamar el mensaje de salvación que Jesucristo le transmitió? ¿Y cómo distinguir si la voz que la proclama es digna o tiene sus oscuros secretos que cree que nadie se dará cuenta? Es hora de que todo bautizado se atreva a dejar atrás los prejuicios que nos han conformado.

En los siguientes escritos, dejaré por sentado líneas pastorales que hemos ignorado y vaya que nos han hecho daño por no darles importancia. El día de hoy plasmaré una situación muy delicada que muchos de nuestros hermanos han tenido que vivir y que me acuso a mí mismo haber contribuido con mi silencio por miedo a que me excluyan por defenderlos.

Todos sabemos bien lo que el cristianismo piensa de las tendencias homosexuales. Aceptamos a las personas con esa situación y les pedimos en nombre de Jesucristo que vivan en castidad, plenitud y verdadero amor. Sostenemos que nosotros seremos parte de esa comunidad de vida y amor, parece que lo que hacemos es lo contrario muchas veces. 

Independientemente de la historia que cada uno tenga y la que tenga cada uno de nuestros hermanos que tenga cualquier tipo de tendencia diferente; la Iglesia es su hogar y su casa. Ellos pertenecen tanto, como cada uno de nosotros. Lamentablemente, las guerras de los antagonismos sociales e ideológicos han dejado en un muy desafortunado lugar dentro de la estructura de la Iglesia a estos hermanos nuestros en la posibilidad de participar activamente en la vida parroquial y en los grupos apostólicos.

No podemos reducirlos a solo “fieles de Misa”. Es verdaderamente indignante y antievangélico como -sobretodo nosotros los laicos- tratamos de excluirlos de los cargos parroquiales o de los grupos apostólicos como si fuera un “peligro latente” o como si tuvieran una enfermedad contagiosa. Esto empeora cuando son considerados indignos para ciertos ministerios laicales como la liturgia, el servicio a los pobres, el cuidado de la Eucaristía y/o a la posibilidad eventual de dirigir apostolados, grupos eclesiales, etc.

Ellos vienen buscando sanación de sus heridas, amor verdadero, comunidad y vida; nosotros le devolvemos abandono y muerte al tratarlos como si fueran “monstruos parcialmente reformados”. La inmensa mayoría de sacerdotes y religiosos que conozco se escandalizan del mismo modo al ver este verdadero maltrato, pero se suelen enterar después de que el daño está hecho y se entristecen porque ya no pueden ayudarles. 

Esto me recuerda la historia de una parroquia donde estuve trabajando muchos años. Un hermano nuestro fue había luchado como un verdadero guerrero del cristianismo ente sus propias heridas y su atracción al mismo sexo había demostrado ser un varón ejemplar. Mantuvo en sana discreción su situación por muchos años, algunos de nosotros lo sabíamos, pero no era un chisme ni era algo que comentábamos. Con el tiempo, conforme fue creciendo se sintió sólo y varios de sus compañeros se percataron de su situación. Más que ayudarle lo acusaron, lo señalaron, lo abandonaron y finalmente, lo desvincularon de toda situación diciendo que “tu sabes porqué él no puede ser ni parte ni líder de nuestro grupo apostólico”. Él eventualmente lo abandonó.

La herida no terminó allí. Eventualmente, él dejó atrás su vida cristiana y abrazó el estilo de vida que por muchos años intentó de modo genuino no ejercer. ¿Qué pasó allí? Poco a poco, empezó a alejarse de la comunidad hasta que un domingo dejó de venir a misa. El mismo que era un faro, que había estudiado Biblia, filosofía, daba clases y conferencias sobre la historia de la Iglesia había abandonado la fe y había dejado claro que ya no quería regresar. Pasaron meses en que ya no lo vi.

Ya era tarde, ya había decidido llevar otro tipo de vida donde sí fuera escuchado y validado y en donde no fuera juzgado. Francamente, una historia muy triste. Nosotros somos cristianos y nuestro lenguaje es la caridad. Esta debe expandirse sobretodo a las ovejas perdidas y heridas del Reino de Dios. Se trata de construir una comunidad de amor y respeto para todos los que lleguen a tocar las puertas del templo vivo de Dios. Si bien el Evangelio no está a discusión y las prácticas homosexuales no deben ser ni promovidas ni aplaudidas por quienes velan los grupos apostólicos; es importante dejar de verlos como peligros o enemigos en potencia.

Conforme la adultez llega, los solteros experimentan soledad y dificultades. Sin embargo, la inmensa mayoría encontrará alguien con quien pueda unirse de modo esponsal o hacer votos. El problema con estos hermanos nuestros es que ellos tienen un camino de soltería diferente a todos nosotros. Están igual llamados a la castidad, sin ningún privilegio u obligación adicional, pero si los excluimos de nuestro amor, nuestro celo y nuestra ternura francamente los dejamos en camino para ser devorados por el Enemigo.

Siempre le he propuesto a los pastores y dirigentes de los grupos eclesiales un verdadero seguimiento y un respeto a la privacidad. No es tiempo de cazar brujas ni de cerrar la sacristía o los templos a quienes vienen heridos. Todo lo contrario: es tiempo de – a partir de una sana antropología – ser verdaderas comunidades de familia dispuestas a sanar, a escuchar y a celebrar los éxitos, consolarnos ante los fracasos y abrazar en las heridas a todo aquel que viene a pedir misericordia y amor genuino por parte de Jesucristo y de su Esposa, la Iglesia. Ella misma ha dado la indicación de recibirlos con respeto, cariño y sensibilidad evitando hacia ellos cualquier tipo de discriminación.

Si dejamos las reglas claras desde el comienzo, ayudamos a formar una verdadera pureza de intención y acompañamos de modo libre, amigable, firme y gentil a estos hermanos, podemos estar seguros que alcanzaremos misericordia; ya que ellos son los que sufren, los que lloran y al consolarles, seremos consolados. Ya que sus aureolas de santidad formadas con sus sufrimientos, su castidad perenne, su ofrecimiento y su sensibilidad serán abogados nuestros en el día del juicio.

Autor, L.S.

Author: Amor Seguro

Somos una comunidad de testigos que descubriendo nuestra vocación al amor queremos despertar a otros, compartiendo la teología del cuerpo de San Juan Pablo II.

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